Bitácora de Aurora Pimentel Igea. Crónicas de la vida diaria, lecturas y cine, campo y lo que pasa. Relatos y cuentos de vez en cuando.

lunes, 27 de marzo de 2017

Zarrias

Mi abuela Aurora no tuvo estudios casi. Fue algunos años al colegio y poco más. Pero recuerdo que hablaba muy bien. De vez en cuando soltaba palabras que yo no conocía y me gustaban.

Me sigue pasando ahora con algunas personas mayores, de pueblo -con el pastor de Boecillo, Carlos- y con amigos y familiares que habitualmente están en enseñanza.

Creo que, en general, hablan mejor los que no ven nunca televisión o la ven poco, los que están poco expuestos a la cháchara del vocabulario generalmente limitado de los medios de comunicación.

El otro día, en la reunión previa al viaje a Ucrania, Isabel soltó la palabra "zarrias". No la conocía y nos la explicó. Poco delicada de mí, le dije que algunas personas de pueblo hablan mejor que las de ciudades, y ella dijo que de pueblo nada, que aunque viva en Cigales es de Valladolid capital. Bueno. Peor hubiera sido si le digo que algunas personas mayores hablan mejor que los jóvenes. A veces estoy mejor callada.

He abierto un cuaderno donde voy apuntando palabras. Algunos naturalistas son también otra mina. Observar el campo te hace caer en la cuenta de que no sabes cómo se llama casi nada, no sólo que ignoras nombres de plantas, árboles o pájaros.

Por la radio escucho a Jorge Urdiales.

Del Diccionario de la Real Academia (Isabel la utilizó en su tercera acepción)

zarrio, rria
Del vasco txar 'defectuoso, débil'.
1. adj. And. Bastoordinario.
2. f. Barro o lodo pegado en la parte inferior de la ropa.
3. f. Pingajoharapo.

4. f. Tira de cuero que se mete entre los ojales de la abarcapara asegurarla bien con la calzadera.

sábado, 25 de marzo de 2017

Bach y ronquidos

He cambiado mis hábitos mañaneros sustituyendo informativos o tertulias al levantarme por Radio Clásica. La dieta informativa funciona, realmente no me hace falta escuchar lo mismo día tras día. Porque la sensación era esa, una repetición casi exacta, un vuelve la burra al trigo para no contar nada nuevo.

Tenía la sensación de escuchar siempre lo mismo por unos o por otros, las "noticias" habían perdido su significado. Y lo que era más importante: llegué a sentir una creciente antipatía hacia el tertuliano, el locutor, la cadena de radio, donde no se salvaba nadie.

Me vi como mi padre, que encendía la televisión y decía en cuanto aparecía alguien hablando "Y ese imbécil ¿quién es?". Y eso que mi padre era un hombre afable y simpático. Así que para no acabar odiando, que es poco cristiano, decidí limitar mi exposición diaria a la información radiada, especialmente por la mañana.

Aniversario de Bach, bien, venga, vamos. Pero hablan. De nuevo hablan. Está bien, es necesario hablar, pero... ¿tanto? Yo quiero escuchar un concierto, una cantata, sin interrupciones. Es verdad que hay gente que sabe muchísimo y da gusto escucharles. Soy fan de algunos como Matesanz, pero en estos momentos necesito sólo música. Doy con Radio Bach en la que no hablan, una maravilla, Bach las 24 horas, sin anuncios, sin locutores, solo Bach como una dieta desintoxicante.

Pero de fondo, mientras trabajo y aprovecho las horas en las que mejor me concentro, de 6 a 9 de la mañana, oigo roncar a Gonzalo de fondo y también a su radio. Es una combinación extraña, al principio chocante. Bach tan delicado, solemne, profundo, tan perfecto... y mi marido con ese ruido verdaderamente inhumano, o tan humano, que produce y que se oye desde cualquier punto de la casa salvo que te pongas los cascos.

El caso es que no me molesta. Y parecen acompasarse. Me quedo mirando a los gorriones de la casa de al lado dando sus saltitos en el tejado. Si solo tuviese a Bach o solo tuviese a Gonzalo mi vida sería peor, pero tengo a ambos. Es para dar muchas gracias.


jueves, 23 de marzo de 2017

Lectura furtiva de Katherine Mansfield

Por espacio y por dinero -no tengo estantes suficientes ni tampoco puedo gastar demasiado- utilizo mucho los servicios de la biblioteca pública de Ávila, la del Epíscopo. Es una buena biblioteca atendida por bibliotecarias sonrientes y amables, diría que algo excepcionales, y no por el trabajo que hacen (rara vez me he encontrado con una bibliotecaria que no fuera simpática), sino por la ciudad donde se encuentran.

La muralla dice de Ávila para lo bueno y para lo malo. Toda mi vida pensando lo antipáticos que éramos en Valladolid, lo secos, para darme de bruces con el carácter abulense. Dices buenos días y no te contestan, sonríes y no te devuelven la sonrisa, en el comercio parece que molestas, te ignoran sistemáticamente. Quizás puede ser algo de timidez encubierta, un modo de respeto o de estar a lo suyo, una forma de defensa. Aquí es difícil pegar la hebra o sentirte parte de la vida de la ciudad si eres, como ellos dicen, de fuera. Hay sus excepciones, claro, pero en líneas generales mi experiencia es esta.

Además de sacar libros en la biblioteca observo y leo. Se está estupendamente, hace calorcito en invierno y fresco en verano, y un trasiego tranquilo de gente que va y viene, pero sobre todo de gente que se queda.

A mí me gusta leer en la biblioteca y dejar luego el libro para ver si cuando vuelvo nadie lo ha cogido y puedo seguir leyéndolo. Lo llamo lecturas furtivas, son de una hora o menos, y tienen algo de aprovechar el tiempo y el riesgo de no poder seguir leyendo otro día porque el libro desapareció por un préstamo.

No sé por qué lo hago, realmente sería más cómodo sacar el libro, pero he comprobado que esas lecturas suelen ser más constantes y fieles que el libro que saco y dejo en la mesilla durante días sin leerlo.

Ver un libro en casa, aunque sea prestado, me da la falsa seguridad de que podré leerlo. Pero ahí se queda el pobre a veces tiritando sin que pueda abrirlo o acabarlo, abandonado en una pila que no hace sino aumentar con otros libros que no leo. Cuando quiero darme cuenta se me ha pasado el plazo para devolverlo.

Leer además en nuestra casa resulta difícil a veces, siempre creo que tengo algo hacer que parece más importante o urgente, hay ruido, interrupciones, la perra, las gatas, Gonzalo, el trabajo, la cocina, etc.  (no en este orden, por supuesto).

Así que ya sé que si quiero leer algo realmente son esas lecturas furtivas mías en la biblioteca el modo más seguro de hacerlo. Así he leído varios de Jiménez Lozano y he conocido a Katherine Mansfield, a base de visitas a la biblioteca. No pueden ser muy largos los libros ni tampoco ser una novedad, aumentaría el riesgo de no tenerlos cuando vuelva, así que escojo cuidadosamente y, hasta el momento, he podido acabar siempre mi lectura furtiva del mes.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Tantos días de sol

Esta es una ciudad fría que te sorprende incluso en mitad de agosto con unos días heladores, impropios del verano. Pero también es una ciudad con muchos días de sol. No soporto el calor, pero cada vez necesito más la luz, por eso me gusta tanto Ávila.

Tras más de dos años con la cámara que me regaló Gonzalo -cuyo manual de instrucciones sigo sin leer- me he puesto a ordenar las fotos de pájaros en el ordenador.

Clasifico por especies conocidas, las más habituales que veo, las que tengo claras y he fotografiado mucho en Ávila o Carnota: tarabillas, colirrojos, herrerillos, carboneros, garzas, grullas, jilgueros, gorriones (sí, ahí todos juntos: comunes, morunos, molineros), pinzones, cigüeñas, cormoranes...

Hay luego otras carpetas con camachuelos o alcaudones donde solo tengo un par de fotos. Fue fácil reconocerlas aunque solo las haya visto una vez.

Pero los archivos más abundantes son batiburrillos desordenados que titulo "escribanos y otros", "aves del mar y otros". Así tengo varios.

En esos cajones de sastre descubro nuevos pájaros. Una collalba, por ejemplo, que me había pasado desapercibida en Carnota. Unos que creo una pareja de pardillos en Ávila, él ya con esa mancha roja que le sale en el pecho a los machos en primavera.

A mí antes la primavera no me gustaba tanto. Prefería el otoño. Pero ahora disfruto más de los pocos días de primavera que tenemos en Ávila antes de los rigores del verano. Son de quince a veinte días de verde intenso en el campo, con cierto atraso respecto a Madrid o El Escorial, para pasar luego al amarillo, los pardos y ocres y el verde encina tan elegante.

Hago cuentas y caigo en que, en cualquier estación del año, los días de sol aquí son más que los nublados.